1 de mayo de 2014
laredo
Recordando recientemente con unos amigos sobre tiempos pasados, la memoria nos llevó a la celebración de la Semana Santa en Laredo, y dentro de ella, al Domingo de Ramos.
Corría el final de la década de los años cincuenta del pasado siglo, y en la Iglesia Parroquial de Santa María de la Asunción, de esta Villa, tenía lugar, a las doce del mediodía, la Misa de Ramos, que se llenaba de fieles, acompañando a una multitud de niños y niñas que portaban cada uno un ramo de laurel con las hojas del ramo cortadas con tijera en oblicuo, adornadas con lazos de papel-seda de colores y con un buen número de roscas introducidas entre las hojas.
Eran tiempos de racionamiento, de dificultades y carencias, por lo que también había ramos que exhibían unas roscas que tenían algo especial, algo raro… y es que al fijarse más detenidamente, se veía que eran falsas roscas, formadas a partir de… ¡viejos flotadores de corcho! de los que utilizaban los pescadores en las redes de pesca, corchos que eran redondos, provistos de un agujero central, los cuales cortados con el grosor de las roscas y pintados de distintos colores daban, momentáneamente, la impresión de ser roscas auténticas, aunque bastaba una mirada más precisa para detectar la ocurrente treta. ¡Pero quedaba a salvo la dignidad de sus portadores!
En el momento de la bendición, la chiquillería levantaba los ramos con los brazos en alto y el templo se llenaba de una masa verde.
Una vez bendecidos los ramos, volvían a su posición normal y al cabo terminaba la eucaristía. Se abrían las puertas de la iglesia y los fieles comenzaban a salir al exterior.
En el momento en que los pequeños que no iban acompañados de sus mayores se acercaban al umbral de la puerta con sus ramos, unos muchachones alargaban sus robustos brazos, arrancaban las roscas y las devoraban en un santiamén, guardando las restantes en sus bolsillos. Muchos lloriqueos de los pequeños o de las niñas, más indefensos, y la reprobación airada de los adultos.
Yo recuerdo, nítidamente, que un grandullón vino a derecho hacia mi ramo, a por el botín, y aunque mi hermana, mayor que yo, me protegió poniéndose delante de mí, el chico forcejeó y… en ese instante, hizo su aparición una señora que con energía y firmeza alejó al intruso y a otros más. Y nos aconsejó que retirásemos las roscas del ramo, como así hicimos.
La defensa que hizo aquella señora, su autoridad para proteger a los menores de los grandullones que nos acosaban, hizo que quedasen grabados en mí su rostro y su persona. Según me informó después mi hermana, se trataba de Ramonita Cos, que ejercía de sacristana y que, aún hoy, dirige las labores de las feligresas que se encargan de la limpieza y ornato de la Parroquia.
Continuaban los fieles saliendo del templo, calle Santa María abajo, mientras que la muchachada, limpiándose descaradamente la boca de los restos de las rosquillas ajenas, se deslizaba ruidosamente, con sus propios ramos, sin sentir la menor atracción por las coloridas “rosquillas” que colgaban con profusión.
¿Por qué no comían las roscas de sus propios ramos…?.
¿Podía ser, quizás, por tener todas ellas un sabor extraño, un sabor a… a corcho?
Rufo de Francisco Marín
Cronista