El Dibujante Invisible

22 de abril de 2011

rufo de francisco marín laredo

Sucedió en Laredo, una concurrida tarde de Agosto de finales de los años cincuenta. Rondando 1.958 o el siguiente.

Un vehículo extraño, a medias entre una furgoneta y un microbús, aparcó al inicio de la Calle López Seña, a la altura del número 2, que corresponde al inmueble propiedad del Banco de Santander.

El vehículo disponía, en ambos costados, de una única luna o cristal, pintado por su parte interna de color blanco, de modo que ocultaba su interior. Se trataba de un vehículo comercial que anunciaba el bolígrafo BIC, de invención o patente francesa, y de la misma nacionalidad era su matrícula. En la parte superior del furgón, en el techo, lucía la marca que anunciaban, en letras gigantescas colocadas en sentido vertical, pintadas de color azul.

Descendieron el conductor y dos personas más, y comenzaron a repartir propaganda del bolígrafo. Uno de ellos hablaba con cierta fluidez nuestra lengua, y dijo que dentro de poco tiempo iban a ofrecer un pequeño espectáculo.

La gente se fue congregando en la acera, junto al vehículo, para ver en qué consistía la atracción.

Alguien de entre el público señaló con el dedo el gran ventanal orientado a la acera de López Seña, y los asistentes pudieron comprobar como, por arte de magia, en el centro del cristal –recordemos que estaba pintado de blanco- iban apareciendo unos trazos. Al principio, aparecían rasgos que señalaban un… ¿un rostro?

¡Pues sí!. Siguiendo el ritmo de los trazos, poco a poco se iba perfilando la caricatura de una cara. Pero, ¿de quién se trataba? ¿Correspondía a un dibujo idealizado que surgía como por arte de magia al otro lado del cristal?.

Cuando el dibujo quedó prácticamente terminado, los asistentes se miraban unos a otros, preguntando de qué se trataba.

Y, de repente, en ese cruce de miradas, repararon en una persona cuyo rostro correspondía al de la caricatura dibujada sobre el cristal. Comenzaban a apuntarle con el dedo y a reir, y el propio “retratado”, viéndose expuesto con indudable maestría, reía también de buena gana… o al menos así parecía. La calidad del trazo y la expresión que transmitía, no eran en modo alguno ofensivos.

Aquello comenzaba a animarse y para entonces el pequeño grupo fue aumentando hasta formar toda una concurrencia más nutrida.

Tras unos minutos de espera, junto a aquellos primeros trazos, una mano, un dedo invisible, comenzaba otro dibujo. Con idéntica maestría, sobre el cristal se iban concretando rasgos que a poco, culminaban en otra cabeza, en esta ocasión vista de perfil.

Como la gran mayoría era –éramos- gente de Laredo y nos conocíamos unos a otros, a medida que avanzaba el dibujo identificábamos al personaje que era retratado. A veces el propio interesado ni se enteraba, y eran las personas próximas las que le señalaban con el dedo, el cual, al reconocerse, efectivamente, primero mostraba su sorpresa, luego se relajaba y más tarde acababa reconociendo que el dibujo, en caricatura, era muy bueno y que el parecido era real.

Poco a poco, tras pequeños descansos, el gran cristal del lado derecho del vehículo, quedó cubierto de caricaturas de paisanos laredanos, que tuvieron la oportunidad, sin pretenderlo, de ser retratados de forma tan misteriosa, sin posibilidad de ver a la persona, al artista que los ejecutaba.

Pero, ¡cómo podía el artista ver a sus “modelos”? Fijándose, había un pequeño círculo en la luna o cristal, situado en el centro de la misma, tan minúsculo, que pasaba desapercibido. Desde el interior, observando al personaje a través de ese círculo no pintado de blanco, el artista, bien con el dedo o con una especie de goma de borrar flexible –pensábamos-, elegía al hombre o mujer que por sus características o perfil denotasen una cierta singularidad, como gordo, flaco, vivaz, de facciones abultadas, nariz aguileña, ojos saltones, orejas en abanico, boca de hucha, etc.

No hubo, en toda la duración de la primera serie de caricaturas del dibujante contratado por la firma Bic, una sola persona que no fuese detectada y reconocida inmediatamente por el público, con la que aparecía en el “cuadro de honor” en que se convirtió aquella exposición rodante.

Acabada esa sesión, la gente congregada continuó esperando. Al poco, descendieron del vehículo las tres personas, sonrientes. La gente queria saber quién era el “artista”, y hubo un laredano que se dirigió a ellos y preguntó ese dato. Parece que se trataba de la persona más joven. A continuación, tras anunciar que el espectáculo se reanudaría una hora después, los tres compañeros enfilaron hacia el final de la Calle López Seña, en dirección posiblemente, de la playa.

La noticia no pasó desapercibida. Desde poco tiempo después de concluída la primera serie, la gente ya se agolpaba para presenciar la siguiente. Mientras, iban señalando con el dedo los diferentes dibujos, e iban nombrando uno a uno a los que allí aparecían retratados.

Pasada con creces la hora, los tres compañeros franceses regresaron al vehículo. Con una especie de spray o aerosol, los dibujos fueron rociados de blanco, desapareciendo visiblemente, para volver a convertir la gran luna del vehículo en otra paleta de dibujo, lista para la siguiente ocasión.

Cuando se inició la misma, nuevamente comenzaron a surgir los primeros rasgos que, con envidiable concisión, fueron delimitando un rostro humano. Al poco, las carcajadas, cada vez más sonoras, estallaban, mientras que manos con dedos índices estirados señalaban abiertamente a la persona retratada, que era, curiosamente, casi la última en enterarse de que aquellos trazos iban modelando la caricatura de su propio rostro.

Para colmo, al final de esa segunda sesión, el personal del vehículo repartió entre los asistentes montones de bolígrafo. Fueron muy aplaudidos por el público, mientras el más joven de ellos sonreía muy complacido.

Los dibujos permanecieron durante la estancia del vehículo, que se prolongó hasta la mañana del día siguiente.

Fueron muchos los laredanos que se acercaron, a lo largo de la tarde-noche, a ver aquellas caricaturas, que fueron identificadas una a una, pues la fidelidad de sus trazos no ofrecía duda alguna.

En aquellos años, en la época estival, los espectáculos públicos eran más bien escasos, salvo las barracas de ferias que se instalaban, al comienzo de cada verano, a partir de la caseta del Fielato municipal, al inicio de la Alameda Antígua, situada a la izquierda, saliendo de Laredo hacia La Pesquera, en la que se encontraba “El Corro”, donde hoy se ubica la bolera, entre ésta y el edificio que ocupa Telefónica. En ese espacio de “El Corro” tradicionalmente se montaban los circos que acudían a las ferias de Laredo.

Aparte de las sesiones de tiro al plato que tenían lugar en la playa, pocas atracciones más componían el verano laredano, por lo que, aunque fugazmente –tan solo media jornada- la llegada aquella lejana y soleada tarde del mes de Agosto de hace ya ¡cuarenta y nueve o cincuenta años! de un vehículo anunciador de una nueva herramienta de escritura como fue el bolígrafo, con el avance que representaba prescindir de tinta líquida contenida en un tintero al que había que “mojar” cada poco la pluma o plumilla tradicional, con cuidado de no producir un borrón de tinta en el texto, la llegada, digo, de aquella exposición rodante de rostros que iban apareciendo de modo enigmático sobre la superficie de un cristal, alegró y sacó de la rutina a laredanos y escasos veraneantes, cuando el turismo de masas aún no había hecho su aparición.

Quizás, y ojalá, que entre los lectores de esta Revista se encuentren laredanos que fueron retratados por el dibujante contratado por aquella firma comercial. Fueron, sin pretenderlo, sorpresivamente, de modo efímero, actores pejinos, cuyas caricaturas fueron objeto de selección por un genial y desconocido dibujante, medio siglo atrás...

R. de F.