Los Caballitos

3 de diciembre de 2008

rufo de francisco marín laredo

Se inicia el mes de Agosto del año mil novecientos cincuenta dos en Laredo. Como es tradición, desde los primeros días del mes comienzan a instalarse las barracas de feria en la Alameda Antigua, comúnmente conocida como Alameda del Corro, situada en la margen derecha, entrando a Laredo desde Santander, de la entonces carretera nacional N-634. Para mayor precisión, esa Alameda ocupaba el espacio en el que hoy se ubican la Estación de Autobuses, la bolera, el edificio de Telefónica, el nuevo Centro de Idiomas y el Instituto de Educación Secundaria “Bernardino de Escalante”.

En el año de referencia, en su inicio de la Alameda, próximo a los actuales surtidores de combustible, se emplazaba una pequeña construcción que alojaba el Fielato municipal. Como se recordará, a la entrada de prácticamente cada pueblo de cierta importancia, aparecía el Fielato, en el que se pagaban al Ayuntamiento los derechos de consumo de las mercancías que entraban al pueblo, desde patatas hasta vino, gallinas, aceite, etc. de productos incluídos en una lista interminable, donde prácticamente “todo” era objeto de impuesto, muy leve, de otro lado. La eficacia de esos Fielatos era más disuasoria que real, porque como se comprenderá, quien quería introducir alguna mercancía, viniendo por ejemplo, desde Colindres, bastaba con llegar a La Pesquera, desviándose por los caminos que a través de Las Ánimas conducen a Laredo, sin pasar por la caseta del Fielato a pagar tributos.

Llegado Agosto, el Ayuntamiento instalaba un alumbrado especial, en los árboles entonces existentes, por lo que entre las dos primeras filas más próximas a la carretera, tendía tramos de bombillas, de árbol a árbol, de modo pareado, en filas, una tras otra, hasta formar un pasadizo luminoso que iba desde el inicio de la Alameda hasta casi el Campo de Fútbol.

Pues bien, en esa Alameda del Corro se instalaban las primeras barracas. Una de ellas, siempre en primer lugar, era un carrusel de caballitos. Año tras año, sin faltar uno, se instalaba este tiovivo, que contaba con airosos caballos, aunque también incluía otras especies animales de no tan noble estampa, como cerditos, intercalando también unos asientos giratorios. Cuando el tiovivo se ponía en marcha, los animales, atravesados por una barra de hierro, subían y bajaban, a galope lento, haciendo las delicias de la chiquillería. El dueño de ese espectáculo era un señor de mediana edad, con bigote y aunque de aspecto serio, se veía en el modo de tratar a los menores, que era bueno y cariñoso. Le acompañaba una mujer que, en la percepción de un niño como lo era quien esto escribe, no parecía ser su esposa, sino quizás un familiar, no solo por su edad, pues aparentaba tener sus años, si que también por su vestimenta, siempre de negro, al igual que sus cabellos, y con un rictus como de tristeza continua en sus ojos. Raramente sonreía. Ella era la encargada de cobrar a los niños y personas que “montaban” en los caballitos.

Junto a este tiovivo se colocaba una caseta de feria, con sus escopetas de aire comprimido, que disparaban o bien perdigones o ya flechas, apuntando a un boton donde en caso de acertar, se abría una puertecita y salía un muelle conteniendo en su extremo un premio, normalmente un par de caramelos. Esta caseta era la única que disponía, en su extremo izquierdo, de un recipiente cóncavo, metálico, de cuyo fondo se elevaba un chorro de agua, regulado su caudal por una llave de paso. En el extremo superior del surtidor, el dueño colocaba un corcho troceado y nivelando la presión mediante la llave, el chorro se mantenía a esa altura, oscilando levemente pero de forma continua, girando sobre sí mismo. Como la instalación era muy elemental, al acabarse el agua, había que salir al exterior de la barraca y el titular se subía a una escalerita de mano con un cubo de agua para rellenar el recipiente colocado en el techo de la caseta. Quien se atrevía, debía manejar bien la carabina, porque no era facil acertar. Si se conseguía, el premio era suculento… 6 caramelos ¡Todo un botín!

Luego venían otras casetas que rifaban una gran cantidad de artículos. Cuando salía un premio de consideración, el locutor anunciaba a pleno pulmón: ¡Una lavadora! La gente miraba expectante para ver qué modelo había tocado, en un tiempo en que estas máquinas recién habían hecho su aparición. Y el personal, sonriente, entregaba al agraciado su premio: ¡Una jofaina de plástico, de gran tamaño! Las carcajadas del público resonaban tanto como los vociferantes altavoces, y el premiado no tenía más remedio que sonreír forzadamente mientras ponían en sus manos su lavadora y se retiraba, raudo y cabizbajo, con ella bajo el brazo.

Otra barraca rifaba unas descomunales cachavas o bastones, de caramelo, que medían… 1,50 m. de altura, con un grosor de entre 3 y 4 cms.

Había una, cuyo reclamo era “Ya están aquí los hermanos Benito, con sus caramelos y panchitos”. Y, claro está, a nuestro buen amigo Francisco Ortiz, “Panchito”, le traíamos mártir.

Entre todo el conglomerado de feria, llamaba la atención un artefacto para los forzudos: Se trataba de un aparato consistente en una vía por la que se deslizaba un pesado coche de carreras dotado de una manilla en su parte trasera, para agarrarlo e impulsarlo. El primer tramo de vía era recto, para conectar con otro que formaba una circunferencia de casi dos metros de diámetro, abatible en un punto. Cuando un vigoroso brazo impulsaba el coche, levantado que era el tramo de via circular, aquél ascendía por la vía redonda y si superaba su inercia los 180 grados, continuaba vertiginoso, en caída libre, y por el peso del vehículo el tramo curvo levantado caía sobre el recto. Si el coche estaba suficientemente impulsado, podía dar dos y hasta más vueltas completas al tramo de via circular. Una vez parado el bólido, el dueño levantaba con una palanca el tramo circular, y aquel volvía al punto inicial. ¡No había premio! El éxito consistía en que el forzudo lograse dar una o más vueltas con el topolino, ufanándose ante el público. Había otra versión, fija, no movible, de tramo recto y curva de 180 grados. El dueño colocaba un petardo en la parte delantera del bólido, y si un brazo bien musculado lo lanzaba con fuerza, al llegar a su punto alto, chocaba contra un parapeto, explotando el petardo con enorme potencia.

Sin olvidar las dos casetas de los churreros locales, el recordado Agustín Arancheta, el más veterano y, posterormente, Tomás González “El Curro”, se establecían otras casetas que vendían unas buñuelos y churros; otras, bocadillos y refrescos, etc., en especial las que llegaban la víspera de la Batalla de Flores. Eran tantas, que no cabían en la Alameda del Corro y tenía que pasar a la situada en frente, entre la carretera y la Avenida José Antonio, hasta llegar al templete o quiosco de música municipal, de airosa silueta, a cuyo nivel se accedía por unas escaleras, bordeado de finas columnas que soportaban una cubierta esférica vaciada en su parte interna o cóncava. Tal pabellón únicamente era usado en la noche de la Batalla, donde la Banda Municipal, bajo la batuta del recordado Director Don Luis Casta, interpretaba un amplio repertorio de música bailable. El público inundaba la amplia pista cuadrangular de cemento ruleteado que lo bordeaba, bailando sobre la misma, hasta la medianoche.

Volviendo a la Alameda del Corro, en un espacio circular cubierto de grava se emplazaba “el corro” al que debía su nombre, el que en décadas anteriores se instalaba por el Ayuntamiento, asimismo en Agosto, una “plaza” o coso taurino, desmontable, de madera. En el resto del año jugaban al fútbol los jóvenes, para lo que muchos se descalzaban para proteger sus alpargatas, en años difíciles. En la semana de la Batalla de Flores, se instalaba en “el corro” el tradicional circo, que era muy visitado.

Por la popa ha pasado… más de medio siglo. ¿Tanto? ¡Pues sí! Pero en nuestro recuerdo fluyen, luminosas, aquellas fiestas que a lo largo del mes de Agosto se celebraban en Laredo con gozo y contento. Y es que Laredo y sus gentes, se sentía felices celebrando y participando en sus fiestas de verano, ya que, además, como atestigua la vieja ‘canta’ titulada “Son de Laredo”: “Alegría no me falta, aunque no tenga una perra…”.

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Octubre-Noviembre de 2008 de la revista “De Laredu, Lin”.)