El “Bullón”

21 de diciembre de 2006

rufo de francisco marín laredo

Se desgrana con lentitud el año mil novecientos cincuenta y seis. La calle principal de Laredo, la más transitada, se encuentra en obras. Se trata del tramo que comprende la parte más estrecha de la calle Revellón y la Plaza del Ayuntamiento en su integridad, cuyo tramo, como consecuencia del estado de la bóveda de la red general de saneamiento que discurre longitudinalmente bajo el mismo, agravado por el peso de los vehículos y de los camiones que lo atraviesan a todas horas, hacía tiempo que venía sufriendo perceptibles hundimientos en diversos puntos, cada vez con mayor frecuencia, produciéndose en ocasiones grandes socavones que dejaban al descubierto el alcantarillado.

Cuando el estado del firme, constituído por adoquines de color azul cobalto, fabricados con escoria de altos hornos prensada, comenzaba a resultar insufrible, las autoridades decidieron levantar toda la calzada dañada y proceder a fortalecer la bóveda del colector, para cubrirla con un pavimento adecuado. Comenzaron los trabajos previos de retirada de adoquines y en un tiempo relativamente breve se descubrió el saneamiento, comenzando desde la esquina frente al comercio “El Bazar Madrileño”, al inicio de la Plaza, hacia arriba, hasta rebasar ligeramente la altura del local de Pura Foncueva, “la Recadista”, ya en la Calle Revellón, quedando al aire la gran cloaca conocida en esta Villa como “el bullón”.

Por primera vez los laredanos pudieron ver –y también olfatear- la enorme alcantarilla de un diámetro tal que permitía el paso de un adulto a pie por su interior. Naturalmente, la zona afectada por las obras quedó más bien infectada de un olor mezcla de aguas residuales y de salitre, ya que hasta esa zona penetra el agua del mar en sus pleamares, y Laredo ofrecía por aquel entonces la impresión de haber sufrido el devastador ataque de una guerra sin cuartel, gases incluídos, con los montones de piedras labradas de la bóveda a un lado de la calzada los adoquines apilados al otro extremo, y el “bullón” con los intestinos al descubierto, a modo de singular trinchera, mostrando sus interioridades, nada gratas, en verdad, discurriendo calle abajo entre cascotes y piedras caídas.

La población en general, pero los habitantes de la parte “siniestrada” en particular, no tuvieron más remedio que soportar resignadamente la marcha, siempre lenta, de las obras que se desarrollaban a lo largo del tramo dicho y a lo ancho de aquel frio invierno.

La muchachada, como siempre, supo sacar partido de la situación y así, tan pronto como quedaba libre de sus deberes escolares, acudía presurosa al lugar de los trabajos, para ver con ojos siempre curiosos a los obreros calzados con altas botas de goma, con el agua llegándoles desde los tobillos hasta media pantorrilla (rara vez alcanzaban las aguas mayor nivel), cómo rehacían y fotalecian los bordes superiores de la canalización, colocando las piedras sueltas, que quedaban fijas mediante una buena masa de cemento.

Como las dos márgenes de locales y viviendas, tanto de la Plaza como de la Calle Revellón, quedaban separadas por la negra y maloliente canal, se colocaron numerosos tablones sobre ésta, que hacían las veces de improvisados puentes por los que se accedía, siempre de mala forma, de un lado a otro de la calle, si se quería atajar.

Al anochecer hacían su aparición, de vez en vez, adultas ratas entre las conducciones de tuberías menores que desembocaban en el “bullón”, lo que provocaba gritos histéricos entre las mujeres sobre todo, y los muchachos se deleitaban cuando una jovencita cruzaba uno de los tableros, le mostraban la presencia del peludo roedor, a veces imaginario, pero otras muchas muy real, con lo que se repetía la escena de agudos chillidos y las risotadas de los chicos.

Pronto se popularizó entre la muchachada una diversión muy original. Consistía en entablar dos contendientes, plantados sobre uno de los tableros, en el centro de la bóveda, una lucha aparente, bien con palos, utilizados como espadas, (recordemos que los “chistes” o cómics que se leían en esa época eran los de “El Guerrero del Antifaz”, entre otros) o ya empujándose, para tratar de poner uno a otro fuera de combate, lanzándole ¡horror! a las aguas inmundas y frías que corrían bajo ambos. En ocasiones caía uno de los combatientes, pero casi siempre, el que perdía el equilibrio conseguía en el último segundo hacer caer igualmente al contrincante, y los dos se desplomaban pesadamente, mojándose pies, zapatos o “katiuscas” y ropas, impregnándose de un concentrado elixir, entre los aplausos del resto de la pandilla, que entre risotadas ayudaban a subir a los peleones, quienes jamás volvían a repetir la experiencia.

Obras de alcantarillado en Laredo, 1.956
La bóveda del “bullón” al descubierto. En medio plano, leyendo, el autor.

En la fotografía que acompaña estas líneas, se recoge el estado de las obras en la Plaza, con la bóveda descubierta hasta la altura de la entonces Ferretería “El Regalo” del recordado Fernando San Emeterio, en la margen derecha, haciendo esquina a la Calle Fuente Fresnedo, con el comercio inmediatamente anterior, de Antonio Hoya Barrio, visible el gran letrero con el nombre del establecimiento “La Barata Pasiega”, que corresponde al hoy reformado local de “Tejidos Nocito”. El resto de la calzada, hacia arriba, que es el comienzo de la calle Revellón, con el Bar Galleta, del popular Francisco Bustío, aparece desprovista del adoquinado, preparada para resistir la dura prueba de la apertura de la canalización.

El muchacho que con pantalones cortos ojea un libro, que a juzgar por su interes y el lugar donde se halla debía tratarse de “La isla del tesoro”, es quien escribe estas líneas. La instantánea la obtuvo mi hermana Conchita desde el primer piso de la zapatería de nuestro padre, en la margen izquierda de la Plaza, situado nuestro comercio unos pocos metros más abajo de donde aparezco.

A medida que los trabajos avanzaban, la gran alcantarilla se iba cubriendo con un forjado plano a base de hormigón y emparrillado de varillas de hierro, con lo que la bóveda perdió su forma primitiva y algo de su altura interior, pero ganó en solidez y seguridad.

Obras de alcantarillado en Laredo, 1.956
La bóveda del “bullón” ya cubierta.

Por último, se colocaron de nuevo los adoquines, y al fin, un domingo nevado, coincidente con la clausura de las Misiones que se desarrollaron ese invierno de 1.956 en la Iglesia de Santa María, a la salida de la misa del mediodía, las autoridades locales procedieron a la inauguración del tramo reparado, que durante meses había obligado a desviar el tráfico rodado desde la Plaza de Cachupín, por la subida del Arrabal, para continuar por las Calles San Francisco y Espíritu Santo hasta enlazar con la Calle Emperador. Para ello, las escaleras existentes al final de la Calle Espíritu Santo, entre ese punto y el inicio de Las Escalerillas, justo a la altura del ábside de la antígua Ermita del Espíritu Santo, tuvieron que ser cubiertas, convirtiendo los peldaños en rampa, para los vehículos y carruajes. Años después ese tramo de escalera se hizo desaparecer definitivamente, para transformarse en acceso rodado.

Digo que las autoridades locales inauguraron en la fría mañana de aquel domingo, la obra al fin acabada. Pero no fue exactamente así. No me resisto a contarlo: uno de los miembros de aquella Corporación, tenía cierta fama de prepotente. No acudió a la misa mayor. Mientras se desarrollaba el acto religioso, tomó un taxi de la única parada existente, y a pesar de que en ambos extremos del tramo reparado –junto a la esquina del Ayuntamiento uno, y en la mitad de la Calle Revellon otro- se había tendido una bandera, de una margen a otra, para la inauguración, con dos policías locales apostados uno a cada extremo, con el taxis parado junto al “Bazar Madrileño”, ordenó a ambos que retirasen momentáneamente las banderas. Conociéndole, le obedecieron sin rechistar. A continuación, el concejal subió a bordo del taxi y el vehículo, lentamente, hasta con cierta altanería mecánica transmitida quizás por ósmosis de su singular ocupante, recorrió el tramo calle arriba, hasta desaparecer. Yo me encontraba junto al “Bazar Madrileño” viendo la insólita escena.

Media hora después, al finalizar la misa mayor, el entonces Alcalde, Don Tomás de la Dehesa Blanco, el finado y recordado “Chelín”, quien desconocía naturalmente el hecho, procedió a la verdadera inauguración oficial, en sentido inverso, es decir, desde la Calle Revellón (al salir de la Iglesia las autoridades y los fieles y bajar todos, como se hacía entonces, por la Calle Santa María y desembocar en Revellón), hasta el Ayuntamiento.

Han transcurrido ya cincuenta años, medio siglo, -¿tánto?, pregunta el niño de la imagen- desde entonces, pero bajo nuestros pies sigue cumpliendo su más silenciosa, oscura e inadvertida pero inestimable función, el “bullón” de Laredo, conduciendo su caudal hasta el mar, hasta la mar…

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Noviembre de 2006 de la revista “De Laredu, Lin”.)